La pesadilla pareciese estar pasando. Las terrazas de nuestros bares vuelven a verse pobladas de personas ávidas de conversación, las familias de diferentes comunidades se reencuentran en un abrazo de imperiosa necesidad, y el tráfico aéreo reinicia sus itinerarios de vuelo con pasajeros que retornan con esperanza a sus hogares. Mientras retomamos el total de nuestras tareas cotidianas, reconocemos gradualmente formar parte de una “nueva normalidad” sin llegar totalmente a comprender lo que ésta implicará individual y colectivamente para todos.

La sensación de un antes y un después se hace inevitable, y en medio de tanta pérdida intentamos rescatar las lecciones aprendidas, aquello que hubiésemos hecho distinto o que nos hubiese preparado de mejor forma para afrontar lo sucedido. Como un impulso vital, esta reflexión íntima y personal nos conduce a mirar con optimismo hacia un futuro quizás diferente al que teníamos pensado construir con anterioridad, con renovados deseos de retomar lo pendiente y asumir con nuevos bríos las oportunidades que todo reciente aprendizaje brinda al emprendedor. Ciertamente, un reto personal y colectivo a enfrentar en los próximos meses para todos aquellos que coincidimos en experimentar esta vivencia.

En este sentido, como reto imperioso de la humanidad en su conjunto, reflexiono sobre la Agenda 2030 y sus Objetivos de Desarrollo Sostenible, preguntándome si habremos aprendido algunas lecciones sobre la urgente necesidad de integrarlos activamente en nuestro entorno de convivencia, nuestras particulares parcelas de trabajo, estudio e investigación.

La actual crisis nos ha demostrado la vital importancia de contar con comunidades cada vez más resilientes, colaborativas y solidarias (ODS11: Ciudades y comunidades Sostenibles); capaces de anticiparse y adaptarse a las circunstancias, de movilizar voluntades y recursos a velocidades sin precedentes. Todo ello, en muy buena parte, debido a una mayor inversión en infraestructuras tecnológicas que intensifican la conectividad y gestión eficiente de las TICs en la sociedad (ODS9: Industria, innovación e infraestructura). La capacidad de resiliencia en la sociedad es también llegar a tiempo, y en algunos lugares de España, hemos llegado tarde y mal a auxiliar a nuestros mayores en las residencias. Sus partidas sin un adiós nos dolerán por mucho tiempo (ODS3: Salud y bienestar).

Seguramente, la mayor lección sobre resiliencia nos la sigan dando hoy en día nuestros profesionales sanitarios, superando todos los límites humanos y haciéndonos ver la importancia de invertir aún más en conocimiento, infraestructuras e investigación en el campo de la salud (ODS3: Salud y bienestar). Los aplausos que les hemos dedicado desde nuestras ventanas y balcones, ahora no solo necesitamos convertirlos en suficientes y mejorados recursos, sino también en contratos de trabajo estables, en condiciones laborales dignas, en igualdad salarial…(ODS8: Trabajo decente y crecimiento económico).

La crisis sanitaria ha desencadenado una crisis económica y social de dimensiones insospechadas, con la que tendremos que convivir en los próximos semestres. Miles de trabajadores a lo largo del Estado Español se aferran a la tabla salvavidas de los ERTEs (Expedientes de Regulación Temporal de Empleo), mientras incontables autónomos solicitan justificadamente otras modalidades de prestaciones estatales o regionales para superar el temporal. Los más vulnerables socialmente hacen filas que conducen a bancos de alimentos y centros de asistencia humanitaria ―abastecidos a su vez por la solidaridad ciudadana- (ODS2: Hambre cero), al tiempo que reciben por parte de ese mismo gobierno la buena nueva de un Ingreso Mínimo Vital (ODS1: Fin de la pobreza).

Otros tantos de miles de trabajadores se adaptan vertiginosamente al teletrabajo. Las organizaciones públicas y privadas ―junto al conjunto de la ciudadanía-, en un esfuerzo interno de reorientación productiva, encuentran fórmulas para optimizar sus recursos no presenciales, demostrando así capacidad de resiliencia y versatilidad empresarial, tal y como lo señalaba C. Peletier en un post reciente de esta serie. Este hecho ha permitido ―al menos eventualmente-, entre otras cosas, reducir drásticamente los niveles de emisión de CO2 y gases contaminantes a la atmosfera (ODS13: Acción por el clima); y que el sector educación, entre otros, haya podido continuar ―con grandes esfuerzos- proveyendo conocimiento de calidad casi ininterrumpidamente (ODS4: Educación de calidad).

Sin embargo, el teletrabajo no ha estado exento de dificultades para el óptimo desempeño del trabajador y la adecuada convivencia familiar en los hogares. La infraestructura social que tradicionalmente ha sostenido la conciliación familiar y laboral en nuestro país ―llámese ésta guarderías y/o abuelos/abuelas-, sobre todo en los hogares con presencia de menores, se ha visto seriamente comprometida por razones de seguridad sanitaria (ODS10: Reducción de las desigualdades).

La carencia social de soluciones alternativas ha significado para los padres y las madres de menores tener que turnarse para teletrabajar, trabajar a deshoras, solicitud de jornadas reducidas, e incluso la renuncia al trabajo por parte de uno de los cónyuges. Por esta razón, algunas voces de la sociedad ya hablan incluso de un acentuamiento de la desigualdad de género dado que quien generalmente asume el sacrificio es la madre ―en ocasiones por ganar menos que su compañero-, reduciendo potencialmente sus posibilidades de crecimiento laboral y personal, al menos a corto y medio plazo (ODS5: Igualdad de género).

En este esfuerzo colectivo, las empresas se recuperan paulatinamente del shock de demanda y oferta. Los pedidos y solicitudes de servicios no esenciales poco a poco se reactivan a nivel local y estatal, permaneciendo la demanda internacional de los mismos aún ligeramente contraída. Los procesos de internacionalización empresarial inicialmente emprendidos, sobre todo aquellos que implican altos niveles de inversión como las implantaciones productivas y de distribución, se ralentizan sin detener al completo sus dinámicas; mientras la importación de productos de consumo intermedio y manufacturados se reduce sensiblemente por la disminución de la demanda interna de algunos bienes finales del sector industrial (e.g. compra de vehículos).

Sin embargo, ciertas empresas, sin duda las más resilientes, han contribuido y continúan contribuyendo a esta reducción gracias a la implementación aún más intensiva de prácticas de economía circular en sus procesos de producción (ODS12: Producción y consumo responsables), haciendo muy probablemente un uso más eficiente de la energía en sus instalaciones productivas (ODS7: Energía asequible y no contaminante); quizás incluso relocalizando en mayor medida elementos de la cadena de suministros ―provisión de insumos primarios e intermedios- en base a principios de proximidad, favoreciendo así no solo la posibilidad de establecer nuevas y mejores colaboraciones horizontales y verticales, sino también la generación de mayor valor compartido (ODS8, 9 y 12) y capital social en el territorio (ODS17: Alianzas para lograr los objetivos).

Reflexiono y me convenzo cada vez más de la urgente necesidad de retomar los Objetivos de Desarrollo Sostenible como un camino que no resulte antagónico sino paralelo al crecimiento de la competitividad en los territorios. La competitividad, decía Fagerberg (1996) , debería reflejar la capacidad presente y futura de un país de asegurar un alto nivel de vida para sus ciudadanos.

Al respecto, de acuerdo a García-Navarro y Granda-Revilla (2019) , existe una correlación real entre el desempeño o implementación de los ODS en los países con la competitividad de los mismos: ocho de los diez prime¬ros países en el SDG Index and Dashboard se encuentran en el primer quintil del Índice de Competitividad Global 2019 (García-Navarro & Granda-Revilla, 2019).

La competitividad territorial, por tanto, debe ligarse íntimamente al bienestar y creación de oportunidades para las personas. Por supuesto que implica productividad, internacionalización, adaptación a los cambios tecnológicos y nuevos modelos de negocio, especialización inteligente, promoción de ecosistemas empresariales, etc. Pero todo ello para qué si ésta no se presta al servicio de un bienestar inclusivo y sostenible.

Se nos avecinan aún más tiempos de cambio; tiempos de pactos verdes, transiciones sostenibles y de derechos sociales nuevos y más eficaces. Tiempos para poner en práctica las lecciones aprendidas.

 


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Noel M. Muñiz

Es investigador en el Instituto Orkestra. Durante su vida profesional ha formado parte de organizaciones públicas y privadas orientadas a la creación y el desarrollo estratégico de la pequeña y mediana empresa en América Latina, Estados Unidos y más recientemente en España.

Etiquetas: Lab de bienestar