Estamos atravesando la fase de resistencia ante la pandemia de la COVID-19. Mientras escribo, las imágenes de calles y plazas desiertas pueblan los periódicos y las redes sociales, y son la manifestación más evidente de que gran parte de la actividad se encuentra en “pausa”. Pero esas imágenes contrastan con lo que sucede detrás de las ventanas, en espacios de mayor o menor tamaño, en mejores o peores condiciones, en los que intentamos reproducir algunas de las actividades que antes hacíamos fuera: trabajar, ir al colegio, ir a la clase del máster o a la de yoga y hasta compartir el café de las once. Todas estas actividades son posibles gracias a la tecnología.
Según The Economist, la pandemia de la COVID-19 acelerará la tendencia a adoptar tecnologías que faciliten la automatización y la interacción virtual en el trabajo. El semanario advierte que en el futuro la interacción presencial será menor y privilegiará la comunicación entre personas clave al interior de las organizaciones. Esta tendencia, que al momento de escribir se vislumbra como una realidad en el corto y medio plazos, tiene implicaciones muy importantes para la competitividad de los territorios porque la proximidad es importante para la innovación. Cambiar la forma en la que nos comunicamos -hacerlo a distancia, mediados por pantallas- tiene un impacto directo en cómo cooperamos y aprendemos.
En Zubigintza, el espacio de aprendizaje de los proyectos de Investigación Acción (IA) de Orkestra, entendemos que el diálogo es una herramienta clave para el desarrollo territorial y estudiamos, desde la praxis, su comportamiento en diferentes entornos. En los últimos años hemos venido estudiando qué pasa con el potencial de transformación del diálogo en entornos virtuales. Para ello hemos adoptado una aproximación multidisciplinar, recurriendo a la literatura sobre comunicación mediada por la tecnología, innovación responsable y comunicación participativa, así como a nuestra propia experiencia. Un primer resultado práctico de ese esfuerzo es un laboratorio virtual transdisciplinar y multicultural del que hemos ido recogiendo aprendizajes.
Así sabemos que, desde la perspectiva de la transformación, el diálogo virtual es mucho más potente cuando se desarrolla por escrito que cuando se desarrolla cara a cara. Esto se explica porque escribir es una forma de pensar y de profundizar en los procesos de reflexión. También hemos aprendido que los diálogos escritos pueden tener diversas formas y que para que funcionen necesitan diferentes tipos de facilitación. Por ejemplo, el que hemos tipificado como diálogo “diferido” exige un trabajo previo de facilitación que reduzca las barreras de comunicación que puedan surgir en función de los diferentes perfiles (disciplinares, culturales…) de las personas con las que se desarrolla. Por su parte, el diálogo “emergente”, exige una facilitación in situ que vaya sistematizando y devolviendo a las personas participantes las diferentes contribuciones en clave de aprendizaje, nuevas preguntas o compromisos. El diálogo emergente también puede desarrollarse cara a cara (por videoconferencia) y a veces puede ser un buen complemento al escrito porque en algunos casos, el medio escrito actúa como una barrera a la participación.
Más allá de la participación (que depende de una invitación y una conexión a Internet), generar espacios inclusivos para el diálogo en situaciones no presenciales plantea desafíos importantes. Sobre todo cuando queremos hacerlo en entornos caracterizados por la diversidad, que son los más proclives a la innovación. Hemos comprobado que las relaciones de poder que distorsionan el diálogo en lo presencial se trasladan a lo virtual, y posiblemente se agudizan cuando el diálogo se desarrolla por escrito. Y que un entorno virtual inclusivo depende también de nuestra capacidad de hacer preguntas que conecten con la realidad experiencial y teórica de las personas participantes. También hace falta una facilitación que haga aflorar el conflicto para que las ideas fluyan, choquen y pueda crearse algo nuevo. Pero tenemos que seguir experimentando pues tenemos todavía muchas preguntas sin responder.
Volviendo a la pandemia de la COVID-19 y al escenario que anticipa The Economist, está claro que durante la fase de reconstrucción y más allá de esta, tenemos que abordar el desafío mayúsculo que plantean los futuros escenarios de no-proximidad presencial (sumada a la cognitiva, cultural...) en los procesos de cooperación, aprendizaje e innovación. Ciertamente no partimos de cero (véase el post de Edurne Magro en esta serie) pero es importante que profundicemos y generemos nuevo conocimiento que nos permita conectar, escalar y medir los micro procesos de cooperación y aprendizaje que se desarrollan detrás de las pantallas en beneficio de la innovación, la competitividad y el bienestar de los territorios.

Patricia Canto
Patricia Canto es investigadora en Orkestra. Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Deusto, tiene un Máster de Investigación (MPhil) en Estudios sobre el Desarrollo por el Instituto de Estudios sobre el Desarrollo de la Universidad de Sussex y un Máster (MA) en Relaciones Internacionales por la misma universidad. Es licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México.