La competitividad territorial está estrechamente relacionada con la capacidad del territorio para crear, desarrollar, y consolidar las actividades económicas. La empresa se posiciona como el motor principal para la generación de riqueza en términos económicos, y también de acuerdo con su potencial de generar impacto social. Más concretamente, la empresa se convierte en un elemento constituyente del desarrollo territorial, al erigirse como único ente capaz de impulsar la prosperidad de un territorio, satisfaciendo necesidades sociales, y generando beneficios económicos.

La academia no ha permanecido indiferente al reto de analizar el rol de la empresa en el logro del bienestar social, y ha tratado de responder a los desafíos que planteaba el binomio empresa-sociedad. Así, a lo largo del tiempo han ido emergiendo diferentes escuelas de pensamiento que han aportado conocimiento en sus diferentes versiones. Los ejemplos más significativos de estas corrientes teóricas los encontramos en "Responsabilidad Social Corporativa", "Stakeholder Theory" e "Innovación social", o "Creación de Valor de Compartido". El marco de “Creación de Valor Compartido” (CVC) desarrollado por Porter y Kramer ha defendido la creación de valor económico en las empresas a través de la satisfacción de necesidades sociales. Es decir, ha posicionado al propósito social como centro en la empresa a través de la identificación de nuevas ventanas de oportunidad (necesidades sociales) que pueden ser explotadas a través de nuevos modelos de negocio. Para ello proponen tres posibles vías de CVC: creación de nuevos productos o servicios, redefinición de la productividad en la cadena de valor, e impulso de clústeres locales.

De acuerdo con lo anterior se puede observar como las diferentes teorías han ido evolucionando a lo largo del tiempo, desde un rol marginal orientado al concepto de “buen ciudadano” basado en el cumplimiento de las normas éticas y comunitarias, hasta un rol capitalista que entiende el encaje de necesidades sociales e impacto económico como un nuevo modelo de negocio. Sin embargo, siguen surgiendo críticas conceptuales y “agujeros negros” en torno al papel de la empresa, su ámbito de responsabilidad, su capacidad de generar beneficio económico, y su imbricación en la sociedad para contribuir al bienestar del territorio.

Todas las empresas tienen el potencial de contribuir al bienestar de un territorio, si bien es cierto que la intensidad del impacto puede variar de unas empresas a otras. 

Una de las razones que se esconde detrás de estas críticas, responde a la falta de consideración de la dimensión territorial. Las realidades locales y regionales, condicionan el devenir propio de la naturaleza empresarial (legislación, factores históricos, políticas públicas, cultura…). Resulta así fundamental investigar en profundidad las vinculaciones históricas, actuales y potenciales que tienen las dinámicas empresariales con otras dinámicas económicas, socio culturales, ambientales, político-institucionales del contexto territorial. Por lo tanto, no existe una receta universal en la relación empresa y bienestar social. Cada empresa deberá  elegir el tipo de acción estratégica que mejor se adapte a su realidad interna, y externa.

A la hora de analizar qué estrategias podrían impulsar las empresas para la competitividad al servicio del bienestar inclusivo y sostenible resulta importante considerar la diversidad de enfoques. Todas las empresas tienen el potencial de contribuir al bienestar de un territorio, si bien es cierto que la intensidad del impacto puede variar de unas empresas a otras. Aunque el enfoque de bienestar inclusivo y sostenible parte del supuesto de que todas las empresas son potenciales generadores de impacto social, no podemos obviar que en algunos tipos de empresas, bien por su dotación de recursos, misión, o modelo de propiedad, puede ser más sencilla y directa la identificación y desarrollo de estrategias orientadas al impulso del bienestar social.

Es necesario que las empresas reflexionen sobre el impacto histórico, actual y potencial futuro de sus operaciones empresariales en las condiciones y medios de vida de la población del territorio. Esto es un reto metodológico que implicará diálogos de saberes y la coproducción de conocimiento con los sujetos impactados, reivindicando un enfoque sistémico y dinámico. Resulta fundamental la colaboración del tejido empresarial con universidades e institutos de investigación, que puedan aportar conocimientos científicos de investigación y también metodológicos para facilitar la reflexión en el sistema territorial de actores.

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Henar Alcalde

Henar Alcalde

Doctora Cum Laude en Business Administration and Quantitative Methods (European Mention) por la Universidad Carlos III de Madrid. Estancia doctoral en Copenhagen Business School en el Departamento de Innovation and Organizational Economics (INO).