Las personas son miembros de hogares y familias, y las decisiones críticas en momentos clave a menudo se toman con la participación de una familia más amplia, influenciada por normas culturales que se transforman y se transmiten de generación en generación.

Pero, las personas también colaboran con otras personas fuera de su entorno familiar para ampliar las capacidades para el bienestar, en particular mediante la creación de instituciones y su participación en ellas.

En una sociedad abierta las personas crean diversas instituciones sociales para perseguir objetivos comunes y valores compartidos. Las personas pueden acceder a una mayor capacidad de bienestar participando en instituciones de la sociedad civil para colaborar con otras en la búsqueda de intereses comunes y valores compartidos.

Las relaciones entre los diferentes grupos e instituciones de la sociedad es uno de los aspectos más importantes a tener en cuenta en cualquier territorio y uno de los vehículos clave de la competitividad al servicio del bienestar; ya que el territorio crece y se fortalece en un contexto creado a través de las relaciones, tanto formales, como informales que lo conforman.

La medición del capital social y el capital cultural permite plantear el reto de trabajar para mejorarlos con el fin de fortalecer el bienestar inclusivo y sostenible de un territorio. 

El capital social cuenta en la actualidad con una extensa literatura empírica y teórica a la que recurrir, migrando de un enfoque del análisis del comportamiento de los agentes individuales al patrón de relaciones entre agentes, unidades sociales e instituciones y generando diversidad de definiciones (véase por ejemplo: Putnam, el Banco Mundial, Ostrom, la OCDEBowles y Gintis).

Estas definiciones se refieren, principalmente, a valores o normas compartidas. Los valores culturales y las normas aceptadas son aprendidas por la juventud dentro de las familias y los hogares, denominándose capital cultural. El capital cultural es un sentido primario, que se conceptualiza como la conexión de una persona con las generaciones anteriores y futuras (a través de la transmisión del patrimonio cultural), mientras que el capital social conecta a una persona con los demás en la generación actual de personas.

Existen tensiones inevitables entre el capital cultural y el social, ya que la historia muestra repetidamente que el acceso a los servicios desde el capital social de una comunidad (así como el acceso a otros recursos privados y públicos) es mucho más fácil para la gente que comparte el capital cultural del grupo social dominante de la comunidad, promoviendo desigualdades. Sin embargo, el acceso equitativo a los servicios desde todas las formas de capital, ya sea social o cultural es necesario para la ciudadanía, ya que así puede tener capacidades razonadas para llevar vidas valiosas.

Cuando la mayoría de la ciudadanía, debido a alguna característica, se enfrenta sistemáticamente a las limitaciones en su acceso a los servicios del capital social compartido del territorio, sus capacidades para llevar vidas valiosas se ven reducidas y el bienestar se paraliza. Ante este escenario, es necesario recordar que el capital social refleja la idea de que las interconexiones entre las personas contribuyen al bienestar de varias maneras y de forma importante.

El capital social puede fortalecerse mediante esfuerzos conscientes en las esferas privada y pública, entre otras cosas mediante el aprendizaje en las escuelas, la participación en redes, la aplicación de normas, el desarrollo de las aspiraciones de la sociedad y los esfuerzos en pro de la inclusión social. No obstante, es necesario insistir en que los miembros del grupo social dominante tomen medidas activas para sacrificar los privilegios históricos a fin de mejorar el acceso equitativo de otras personas, independientemente de sus características al capital social de un territorio.

Pero, ¿cómo podemos investigar cuál es el capital social de un territorio con el objetivo de reforzarlo? El capital social y el capital cultural son conceptos complejos que se pueden comprender e interpretar de diferentes maneras y que además se pueden analizar empíricamente utilizando diferentes definiciones e indicadores.

Aunque la multidimensionalidad del concepto hace que no exista una única medición fiable, sí existe un acuerdo en los aspectos constituyentes del capital social: la confianza, las normas, la reciprocidad y el compromiso con el tejido social.

¿Cómo implementar esta aproximación a la medición el Capital Social? a través de la utilización, por ejemplo, de la Encuesta Europea de Valores o la Encuesta Mundial de Valores . El análisis de los resultados de varias de las preguntas de estas encuestas permite contar con información sobre las cuatro dimensiones del capital social en relación a, por ejemplo, el crecimiento económico de un territorio.

Poder medir el capital social y el capital cultural permite plantear el reto de trabajar para mejorarlos con el fin de fortalecer el bienestar inclusivo y sostenible de un territorio.

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Mercedes Oleaga

Mercedes Oleaga es Licenciada en Sociología y cuenta con un Diploma de Estudios Avanzados en Economía Internacional y Desarrollo y un Postgrado en Investigación Social Aplicada, todo ello por la Universidad del País Vasco.

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Etiquetas: Lab de bienestar