Desde hace varios años hemos venido oyendo melodías que nos advertían de que en el futuro necesitaríamos “aprender a desaprender para volver a re-aprender”, que estamos en un proceso de cambio tales dimensiones al que deberíamos llamar “transición digital”. La música, en forma de contrapunto y fuga, nos llegó hace un año, y el futuro se nos ha adelantado.

Las crisis suelen actuar como punto de inflexión de modo que en función de cómo se gestionen pueden dar lugar a mayores niveles de cohesión o equilibrio socioeconómico, o justo a lo contrario. Lo digital ya vimos que fue una vía para poder responder a los primeros embates durante los primeros meses, pero este tipo de respuestas a nivel sistémico no resulta inocuo. Para muestra, el botón del auge de las grandes plataformas y su efecto en el pequeño y mediano comercio. Esta pequeña grieta en realidad responde a un cambio tectónico de gran amplitud, que venimos llamando revolución digital, y que irá teniendo diversas manifestaciones durante los próximos años.

No todas las empresas estaban igualmente preparadas para la evolución o disrupción digital. Algunas llevaban tiempo haciendo sus particulares deberes, su natural evolución en mercados más o menos abiertos, más o menos competitivos. Muchas de ellas se han venido adaptando a las nuevas circunstancias. En cambio, otras tienen mayores dificultades, están expuestas a mayores niveles de riesgo, ya sea por razones internas, o por el empuje de nuevos jugadores o cambios en los comportamientos del consumidor, por ejemplo.

Algunos informes apuntan que la salida de la actual crisis está dejando niveles crecientes de desigualdad, sea esta empresarial o a nivel personal. Otro tanto puede estar sucediendo en el grado de preparación digital de las pymes en Euskadi, esto es, ¿tenemos delante un riesgo de recuperación digital asimétrico a dos velocidades?

Los últimos datos siguen confirmando una relativa paradoja: la incorporación de tecnología en las empresas no es sinónimo de negocio digital. ¿Cómo es esto posible? En realidad, la auténtica transformación supone un cambio en la cultura y comportamientos en la empresa, donde lo digital no es un anexo o complemento al negocio, sino que está imbricado en la forma de pensar y hacer, enfocada en ser competitivos y duraderos en el tiempo. Así, la innovación tecnológica sobre un producto no conlleva necesariamente una innovación digital en proceso, en cliente o en mercado.

Euskadi es territorio pyme. Este mosaico pyme se caracteriza, entre otras cosas, por su heterogeneidad y fragmentación, pero al mismo tiempo responde a determinadas cadenas de valor donde determinadas empresas pueden traccionar digitalmente (digital pull) de aquellas. Y al mismo tiempo, aquellas pymes más innovadoras digitalmente, entre ellas las startups, están contribuyendo a un empuje digital (digital push) en sus respectivas cadenas de valor.

Si la pregunta es qué hacemos para reducir el riesgo de una salida de la crisis a dos velocidades digitales en nuestras pymes, una parte de la respuesta entiendo que ha de ser cómo hacer posible dicho tránsito. Como territorio inteligente, además, si somos capaces de poner en valor la inteligencia colectiva, esto es, aprender unos de otros y aprender a crecer unos con otros, estaremos cultivando la resiliencia colectiva. Este gen también de ser parte central de la estrategia transformadora. Nos jugamos mucho.

No son cantos de sirena ante los que tener los brazos atados al mástil; son tiempos de arrantzales balleneros y más bien parece oírse música de zortziko.


Agustín Zubillaga

Agustín Zubillaga

Agustín Zubillaga, coordinador del Lab de economía digital de Orkestra, es doctor en Ingeniería Informática y de Telecomunicaciones por la Universidad de Deusto. Comenzó su carrera en el sector de las Telecomunicaciones y el Software, y cuenta también con experiencia como docente en áreas de ingeniería del software en varias Universidades (Universidad del País Vasco, Universidad de Cantabria y Universidad de Deusto).

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