En el contexto en el que nos encontramos, marcado por la crisis de la COVID-19, la aproximación de la competitividad al servicio del bienestar es aún más importante, ya que las repercusiones de la pandemia afectan de lleno a la actividad económica, a los sectores económicos, y en particular a los empleos en cantidad y calidad, y por extensión a las personas empleadas.

La pandemia también ha supuesto a nivel global un retroceso en los avances alcanzados en la igualdad de género. Desde uno de los equipos de Orkestra realizamos un análisis de la relación de la COVID-19 con la Agenda 2030, y tratamos en especial el ODS5 “Igualdad de género y empoderamiento de la mujer”. Concluíamos que las consecuencias económicas y sociales de la crisis van a exacerbar las desigualdades y la discriminación existentes contra las mujeres y las niñas y se resaltaba cómo la respuesta sanitaria está principalmente liderada por mujeres, y que las mujeres soportan gran parte de la carga del hogar. Además, debido al cierre de escuelas y guarderías y otros contratiempos familiares surgidos a raíz de la pandemia, esta carga ha incrementado, provocando que se reproduzcan situaciones de vulnerabilidad vinculadas al trabajo no remunerado.

Las implicaciones a largo plazo de la COVID-19 con relación al empleo y los recursos humanos han acelerado tendencias como el teletrabajo, el incremento de uso de datos por parte de las personas empleadas, un mayor papel de la empresa como red de seguridad social y un amplio uso de personas empleadas eventuales.

Antes de la pandemia el teletrabajo ha sido analizado desde una gran variedad de puntos de vista, recibiendo tanto un gran apoyo como duras críticas. Las personas partidarias subrayan el gran potencial del teletrabajo para armonizar las diferentes facetas de la vida de las personas en clave de equilibrio y conciliación de la vida personal con la profesional, permitiendo una mayor flexibilidad en la gestión del espacio y el tiempo y una reducción de los tiempos de desplazamientos que se ha demostrado es beneficiosos para las personas; Juan Gamboa, investigador de Orkestra,  compartía al inicio de la pandemia una reflexión en este sentido.

Sin embargo, también podemos apuntar aspectos más controvertidos del teletrabajo, destacando su pernicioso impacto; las personas que trabajan en casa suelen estar sobrecargadas de trabajo ya que experimentan directa e intensamente los conflictos y los obstáculos que surgen cuando coexisten el trabajo asalariado, familiar, doméstico y personal.

En ese escenario, el teletrabajo también puede exacerbar las divisiones de género existentes, especialmente en las madres trabajadoras y mujeres cuidadoras; y es que un aspecto trasversal a las diferentes vertientes de la calidad del trabajo en la nueva normalidad es la perspectiva de género.

En este punto me planteo una pregunta: ¿supone el teletrabajo una trampa para las mujeres? Hasta ahora se entendía que el teletrabajo atrapa a las mujeres en el rol de cuidadora principal, apartándolas de la presencialidad; alejándolas de momentos y procesos donde se toman decisiones transcendentales no solo para proyectos y servicios sino para itinerarios profesionales.

Uno de los mayores problemas de especial relevancia en el modelo de teletrabajo actual, es la mezcla de espacios y la distinta distribución de mujeres y hombres en los espacios. La mezcla de espacios altera las dinámicas de trabajo y las dinámicas familiares, provocando que se solapen y que no finalicen nunca.

Y es que, en el caso de la COVID-19 la brecha de género en base al teletrabajo se ha ido exacerbando. Según un estudio del IESE presentado en julio de 2020, las mujeres que trabajaron en remoto durante el confinamiento y conviven con otras personas en casa (parejas, hijos e hijas, padres y madres) tuvieron hasta un 29% más de responsabilidad de cuidado de dependientes que los hombres en las mismas condiciones. También se afirma que las mujeres han sufrido un 9% más de interferencias durante el desarrollo de su trabajo en relación a cuestiones familiares que los hombres.

En este escenario la gestión organizacional tiene mucho que aportar, pero cuidado, el impacto puede ser positivo o negativo sobre la igualdad de los roles de género en el teletrabajo. En el mencionado estudio de IESE recogen, cómo en España, a más respaldo por parte de la dirección, menos estrés, más compromiso y menos angustia por parte de las personas empleadas, ergo, las mujeres trabajando en empresas donde el personal directivo muestra sensibilidad hacia las personas empleadas, tienen un 5% menos de fatiga mental y estrés, reportan mayor vitalidad (6% más) y un 10% menos de dificultad de concentración en el trabajo.

Es necesario tener en cuenta que las repercusiones negativas para las mujeres y las familias se prolonguen durante años si no hay intervenciones proactivas. Y es que lo que llamamos “economía” no podría funcionar sin la no reconocida economía de lo fundamental. En la COVID-19 se ha producido una ralentización de la economía remunerada por la obligatoriedad del confinamiento, pero también porque muchas familias, y en especial las mujeres, han tenido que centrar sus esfuerzos en el cuidado.

Es en este marco donde la competitividad al servicio del bienestar está más vigente que nunca, donde será necesario valorar no solo aspectos tangibles de la economía, pero también intangibles sociales asociados al bienestar de las personas. Esta nueva aproximación debe incluir a las mujeres y a las organizaciones de mujeres en el centro de la respuesta a la pandemia. En particular, será importante transformar las desigualdades del trabajo en el marco del teletrabajo y el trabajo de cuidado no remunerado en una nueva economía de lo fundamental inclusiva, y diseñar planes socioeconómicos centrados intencionadamente en la vida y el futuro de las mujeres y las niñas.


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Mercedes Oleaga

Mercedes Oleaga, facilitadora de investigación de Orkestra, es Licenciada en Sociología y cuenta con un Diploma de Estudios Avanzados en Economía Internacional y Desarrollo y un Postgrado en Investigación Social Aplicada, todo ello por la Universidad del País Vasco.

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Etiquetas: Lab de bienestar