La COVD-19 ha desencadenado esperanzas y temores para el mundo después de la pandemia; esperanzas de que un nuevo mundo sea posible; temores de que el viejo mundo se reafirme, aunque con más endeudamiento, más desempleo y mayor desigualdad. Como ha escrito recientemente la novelista Arundhati Roy: " Históricamente, las pandemias han obligado a los seres humanos a romper con el pasado e imaginar su mundo de nuevo. Ésta no es diferente. Es un portal, una puerta entre un mundo y el siguiente”. (1)

Para reimaginar el mundo de nuevo necesitamos nuevos conceptos, nuevos marcos y nuevos valores. Estos tres requisitos convergen en el concepto de la Economía Fundamental, un enfoque radicalmente nuevo para el desarrollo específico de cada territorio.

Antes de que se produjera la pandemia, muchos países de la OCDE debatían en torno a la "nueva política industrial" con un planteamiento de la política de innovación orientada por misiones, lo que implica un enfoque más activo hacia la intervención del Estado en la economía. Sin embargo, lo más problemático del debate sobre la nueva política industrial es que deja sin respuesta a las cuestiones sobre el destino de la gran mayoría de personas y lugares que no figuran en el estrecho mundo de la política de innovación orientada por misiones.

Es precisamente en este espacio donde el concepto de Economía Fundamental hace su contribución más importante dado que, lejos de ser social y espacialmente excluyente, tiene algo que ofrecer a todos en todas partes, en el sentido de que la economía fundamental constituye la infraestructura de la vida cotidiana. (2)

La economía fundamental se refiere a los requisitos básicos de la vida civilizada para todos los ciudadanos, independientemente de sus ingresos y localización geográfica. Incluye la infraestructura material – conducciones y tuberías y sistemas de distribución de servicios públicos como el agua, la electricidad, la banca minorista - y la prestación de servicios- educación, salud, provisión de alimentos, cuidado digno de las personas mayores y mantenimiento de los ingresos.

Las formas convencionales de teorizar y medir la economía invisibilizan la economía fundamental e ignoran su contribución al desarrollo. El pensamiento ortodoxo se centra en la contribución de las empresas tecnológicas y la revitalización inmobiliaria para dar impulso al PIB. No obstante, el crecimiento del PIB no se traduce en mejoras en el nivel de vida de muchos hogares y sólo proporciona un índice de progreso reducido y decaído.

El conocimiento de la Economía Fundamental es esencial a la hora de pensar en formas de desarrollo más inclusivas puesto que resulta crucial para el bienestar de quienes tienen un acceso limitado a los servicios privados; sustenta el consumo familiar; y es gran fuente de empleo en sectores como el del agua, la energía y el cuidado de los ancianos, que suelen estar protegidos de la competencia internacional. Salvo excepciones, los debates actuales sobre estrategia industrial en los países de la OCDE rara vez mencionan la Economía Fundamental, a pesar de que la provisión de estos servicios resulta esencial a la hora de aumentar el nivel de vida y el bienestar social. (3)

Sin embargo, la Economía Fundamental no debería reducirse a una política de bienestar social. Lejos de ser un remanso tecnológico, la Economía Fundamental comprende sectores que son usuarios avanzados de tecnología punta.

Dicho de otro modo, cuando apreciamos la importancia de los vínculos intersectoriales y la difusión del conocimiento, empezamos a vislumbrar la interdependencia dinámica entre los sectores generadores de tecnología que dominan las concepciones tradicionales sobre innovación y los sectores usuarios de tecnología de la Economía Fundamental, donde la innovación social es posiblemente más importante que la innovación tecnológica. "El hecho de pensar en la historia de la tecnología en uso", afirma David Edgerton, "facilita una imagen radicalmente diferente de la tecnología e incluso de la invención y la innovación".(4)

La Economía Fundamental tiene afinidades con otras nuevas concepciones del desarrollo, todas ellas centradas principalmente en lo que podríamos llamar la Economía del Bienestar. Por ejemplo, la diputada laborista británica Rachel Reeves ha escrito sobre la Economía cotidiana; los investigadores de la University College London reclaman servicios básicos universales; los grupos de expertos de la sociedad civil en el Reino Unido y los Estados Unidos abogan por la creación de riqueza comunitaria; y el investigador de la London School of Economics, Ian Gough, hace un llamamiento apremiante para la satisfacción de las necesidades humanas como única medida viable para negociar los compromisos entre el cambio climático, el capitalismo y el bienestar humano.(5)

En lo que se refiere a los ámbitos de la política y la práctica, Gales se ha convertido en la primera nación del mundo en adoptar oficialmente la Economía Fundamental como parte de su repertorio para el desarrollo específico de cada territorio. Con vistas a tantear el terreno, el gobierno galés ha lanzado recientemente un Fondo de Desafío de la Economía Fundamental para solicitar propuestas de desarrollo de todo el país. Una de las peculiaridades del desafío fue el hecho de que se dejó abierta la concepción de "desarrollo" con vistas a que fuese definida por los propios territorios. De ahí, todas las propuestas que tuvieron éxito estaban fundamentadas en los valores de la Ley de Bienestar de las Generaciones Futuras del Gobierno de Gales, una innovación social ampliamente aclamada que imponía a los organismos públicos la obligación de promover el desarrollo sostenible.(6)

Con el fin de promover su programa de desarrollo sostenible, Gales se ha unido a la alianza "Gobiernos de una Economía de Bienestar" integrada por Escocia, Islandia y Nueva Zelanda. La razón de ser de esta alianza de naciones pequeñas es aplicar los objetivos de desarrollo sostenible de las Naciones Unidas y defender la idea de que el éxito nacional debe definirse por la calidad de vida de los ciudadanos, y no por la tasa de crecimiento del PIB de un país. Teniendo en cuenta su compromiso con el "desarrollo humano sostenible", el País Vasco también se sentiría cómodo perteneciendo a esta alianza de gobiernos.(7)

Así pues, si alguna vez ha sido necesario que la Economía Fundamental y su agenda de bienestar pasen de ser algo secundario a convertirse en la tendencia predominante, ese momento es el actual.

La COVID-19 ha causado tal devastación social y económica que se da ampliamente por sentado que no podemos volver a nuestro trabajo y a nuestra forma de vida anterior a la pandemia. No olvidemos, sin embargo, que se dijo exactamente lo mismo tras la crisis financiera de 2008, sólo que el pasado neoliberal se reafirmó con una venganza que se prolongó durante unos dolorosos años de austeridad.

Con todo, lo que caracteriza a esta crisis es que todos los países han tomado conciencia de lo que podríamos llamar la Desconexión Social, donde la lista de trabajadores esenciales - en el ámbito de la salud, la atención social, la educación, el suministro de alimentos, el transporte, entre otros, es en gran medida la misma que la lista de los trabajadores peor remunerados de la sociedad. La desconexión social revela la paradoja de una sociedad en la que los trabajadores de más bajo estatus desempeñan el papel más importante para mantener la sociedad segura, sana y civilizada.

Esto es, la pandemia demuestra la importancia de la Economía Fundamental. Esta es la parte de la economía que no puede cerrarse. La lista de trabajadores esenciales en cada economía nacional proporciona un sentido común y una definición práctica de lo que se considera fundamental (FEC, 2020).(8)

La promoción de la Economía Fundamental en el mundo posterior a la pandemia requiere nada menos que de un proceso de innovación social para la renovación fundamental en el que son necesarias dos cosas:

  1. que los ciudadanos y los consumidores sigan viendo y valorando la actividad que tiene valor social; y
  2. que las autoridades nacionales y supranacionales trabajen en concierto con las ciudades y regiones en un espíritu de coproducción, en lugar de hacerlo en la forma jerárquica de la era previa a la pandemia.

Las ciudades, las regiones y los municipios cuentan con el conocimiento local y la proximidad a los ciudadanos locales para diseñar y prestar servicios públicos y estrategias de desarrollo regional. Estos activos fundamentales han de ser nutridos y alimentados si se quiere que la pandemia sea un portal hacia un mundo mejor.

 


  • (1) Arundhati Roy, The pandemic is a portal, Financial Times, 3 April 2020
  • (2) Foundational Economy Collective, Foundational Economy: the infrastructure of everyday life, Manchester University Press, 2018
  • (3) Julia Heslop, Kevin Morgan and John Tomaney, Debating the Foundational Economy, Renewal: A Journal of Social Democracy, Volume 27(2), 2019, pp. 5-12
  • (4) David Edgerton, The Shock of the Old: Technology and Global History Since 1900, Oxford University Press, 2007
  • (5) Rachel Reeves, The Everyday Economy, 2018: https://www.scribd.com/ document/374425087/Rachel-Reeves-The-Everyday-Economy; 
    CLES+TDC, Owning the Future After Covid-19, a new era of community wealth building, 2020;
    Ian Gough, Heat, Greed and Human Need, Edward Elgar, 2017.
  • (6) Kevin Morgan, The future of place-based innovation policy (as if “lagging regions” really mattered), in Mariachiara Barzotto et al (eds) Revitalising Lagging Regions: Smart Specialisation and Industry 4.0, Routledge, 2019.
  • (7) Juan Jose Ibarretxe, The Basque Experience: Constructing Sustainable Human Development, Center for Basque Studies, University of Nevada, 2015
  • (8) Foundational Economy Collective, What Comes after the Pandemic? A Ten-Point Platform for Foundational Renewal, 2020 (https://foundationaleconomy.com/).

Kevin Morgan

Kevin Morgan

Kevin Morgan es profesor de Gobernanza y Desarrollo en el Colegio de Planificación y Geografía de la Universidad de Cardiff desde 1994. Anteriormente fue profesor senior y profesor del Colegio de Planificación Urbana y Regional de la misma universidad. Anterior a Cardiff fue investigador docente en la Unidad de Investigación de Política de la Ciencia de la Universidad de Sussex (1986-1989) y en el Colegio de Estudios Urbanos y Regionales, de la misma universidad (1982-1986). 

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