La brecha de género en el mundo académico es un fenómeno que ya ocurría antes de la pandemia de la COVID-19. Las cifras que se presentan a nivel de España arrojan un panorama en el que el denominado “techo de cristal” afecta también al ámbito científico y de investigación, en donde, por ejemplo, solamente el 22% de las cátedras universitarias en 2018 estaban ocupadas por mujeres, a pesar de que el porcentaje de mujeres sobre el personal docente y de investigación ascendía al 45% (Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, 2019). El mismo fenómeno observamos en la composición de comisiones de evaluación de proyectos de investigación, en donde a pesar de la presencia paritaria de mujeres en puestos de vocales, los puestos de presidencia son mayoritariamente ocupados por hombres, o en el porcentaje de autorías en artículos indexados SCOPUS, en el que también se aprecia una brecha de género (Ministerio de Ciencia e Innovación, 2020). Del mismo modo, tal y como señala Criado-Pérez (2019), no solo las autorías femeninas son menores, sino que los hombres tienden a no citar artículos femeninos, con lo que el gap de publicaciones se convierte en un gap de citas y así en un círculo vicioso que lastra el desarrollo profesional de las académicas, puesto que el sistema universitario y de investigación se basa en una “falsa meritocracia” que premia criterios y cualidades de mayor componente masculino. Incluso, Criado-Perez (2019) apunta a prácticas que minusvaloran el trabajo de las mujeres académicas, como asumir el papel de liderazgo de una publicación en coautoría por parte del hombre o darle menos crédito al papel de la mujer en estas publicaciones, algo que ocurre más a menudo en la disciplina de económicas.

Estas cifras y números son un reflejo de las vivencias que, como todas las académicas, hemos experimentado en algún momento en nuestras carreras. Así, nosotras hemos percibido en algún momento la sensación de estar a la sombra o de estar ahí “gracias” a que es políticamente correcto. Por ejemplo, ¿cuántas de las ponentes de las conferencias son invitadas como primera opción por los organizadores por su trabajo y no para tener un panel paritario?

Una de las consecuencias que se ha observado durante la pandemia, es que este gap se ha visto acrecentado con la crisis. Diversas publicaciones se hicieron eco durante 2020 de que el número de publicaciones con autoría femenina no solo había disminuido durante el confinamiento, sino que las autorías masculinas se habían incrementado con respecto al año anterior. Esto podría ser consecuencia del mayor peso que las mujeres tenemos en el hogar y en el cuidado de las personas dependientes, tal y como lo cuenta nuestra compañera Mercedes Oleaga en su post de esta serie. Por lo tanto, podríamos decir que ese impacto no solo se ha producido en el mundo académico, sino en todos los sectores de actividad. Sin embargo, el impacto a largo plazo del gap en publicaciones puede tener un gran reflejo en el desarrollo profesional de las académicas, puesto que el sistema de meritocracia de las universidades se basa en resultados de producción académica como los artículos, y no en el reconocimiento de otras actividades relevantes. Además, la sensación de no “producir” en el sistema establecido, genera un miedo a que parezca que no hemos hecho nada durante el primer confinamiento o los confinamientos posteriores y contribuye a alimentar ese círculo vicioso y a incrementar la brecha de género.

Es de destacar la invisibilización de las tareas y prácticas ejercidas, sobre todo, por mujeres en el marco de la universidad y comunidad académica. Se trata del ‘trabajo doméstico’ universitario: desde el apoyo emocional al alumnado que se da en las tutorías a la proactividad para impulsar el desarrollo de la comunidad universitaria. Una dedicación que se ha visto acrecentada en tiempos de coronavirus y que, sumado a la mayor dedicación al cuidado familiar y del hogar, resta tiempo para las publicaciones académicas.

Y es que, mientras los procesos de acreditación y de desarrollo profesional dentro de la comunidad universitaria primen la producción académica y el número de horas de docencia principalmente, las tareas más vinculadas a la práctica relacional están destinadas a la invisivilización (Fletcher, 1990). Hablamos de responsabilizarse de la comunidad o de la totalidad de grupo de agentes implicados en un proyecto con tal de preservar su desarrollo, de resolver los conflictos o anticiparse a ellos o de primar las necesidades del proyecto o impulsar el empoderamiento mutuo frente a la carrera individual de la persona investigadora. Nuestra compañera e investigadora sénior Miren Larrea, desarrolla esta idea en su post de esta serie basando su reflexión en su extensa carrera profesional.

La igualdad de género en tiempos de coronavirus y en la comunidad académica requiere de un apoyo institucional que supere lo políticamente correcto. Hablamos de incorporar lo femenino de manera estructural en la comunidad científica. Por un lado, como apunta Acosta (2017), desde las políticas de igualdad con el fin de que los planes de igualdad no sean otra vez un tema ‘de mujeres’. Esto requiere más implicación de toda la comunidad, mucha transparencia (por ejemplo en las barreras para avanzar en la carrera profesional) o tener en cuenta que las mujeres sólo serán capaces de transformar el conocimiento si están bien posicionadas en los lugares en los que se define el valor de los conocimientos (Acosta, 2017: 179). Por otro lado, se trata de dejar de invisibilizar las prácticas relacionales que permiten desarrollar dicha actividad científica. Sin generar comunidad, visión compartida, resolución de conflictos, o el cuidado al mutuo, etc. difícilmente podremos transformar la realidad y mostrar el valor de la academia a la hora de resolver los grandes retos a los cuales se enfrenta nuestra sociedad. Por último, un aspecto que se nos hace más familiar: integrar la visión de género en nuestra investigación, desde el planteamiento mismo de la investigación de manera igualitaria y participativa. Es verdad que se empieza a dar pasos, pero todavía podemos hacer mucho más. Desde nosotras y nosotros mismos. Y entre todas y todos.


miren estensoro

Miren Estensoro

Miren Estensoro es investigadora de Orkestra-Instituto Vasco de Competitividad y docente en Deusto Business School. Es Doctora en Economía por la Universidad del País Vasco. Su investigación se centra principalmente en el desarrollo económico local, la gobernanza territorial y la articulación multinivel de las políticas competitividad.

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Edurne Magro

Edurne Magro es investigadora sénior en Orkestra-Instituto Vasco de Competitividad. Es Doctora en Competitividad Empresarial y Desarrollo Económico con mención europea por la Universidad de Deusto, después de haber realizado una estancia en el Manchester Institute of Innovation Research de la Universidad de Manchester (Reino Unido).

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