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Todos los analistas y organizaciones señalan que nuestras sociedades deben afrontar en los próximos años tres grandes desafíos: el tecnológico o digital, el demográfico (envejecimiento, migraciones y urbanización) y el del cambio climático (y la aparejada transición energética). A ellos la OCDE (2020) añade el del creciente descontento social. Este último hunde sus raíces en los crecientes niveles de desigualdad y en la pérdida de confianza de la población en los gobiernos tradicionales, que ha conducido a fenómenos como el populismo y a la desconfianza en muchos informes técnicos. Los ciudadanos sienten que, con frecuencia, los discursos y los datos que los gobernantes aportan no reflejan lo que ellos están realmente viviendo. Que, por ejemplo, los triunfalistas discursos que sobre la recuperación económica imperaban tras 2014 chocaban de bruces con su experiencia vital.

En paralelo con esa percepción y en parte también tratando de responderla, un creciente grupo de analistas y organismos internacionales han empezado a cuestionar cómo se mide el progreso y, en última instancia, la competitividad. Tras un famoso informe de 2009, realizado bajo la dirección de Stiglitz, Sen y Fitoussi, diversas organizaciones internacionales pusieron en marcha iniciativas para medir mejor la consecución del desarrollo sostenible y el bienestar de las personas, que son los objetivos últimos que deberían perseguir las políticas públicas. Así, Naciones Unidas ha impulsado el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), la OCDE la iniciativa How’s Life, Eurostat ha desarrollado indicadores para medir Quality of Life

Cuatro son las grandes carencias que estas iniciativas encuentran en la medición del progreso tradicional y que deben ser corregidas. La primera es que el bienestar es un fenómeno multidimensional, que va más allá de las variables o indicadores económicos: está afectada asimismo por la salud y educación, por el entorno y medioambiente, por el tipo de relaciones y apoyos que las personas se ofrecen entre sí, por la gobernanza… Es más, cuando se medía el progreso ni siquiera solía abarcarse toda la actividad económica, sino que la medición se centraba en aquella basada en una transacción mercantil. Por eso, gran parte de la actividad económica y del consiguiente bienestar generado (por ejemplo, en la vida doméstica) no aparecía contabilizada. El peso real de esas actividades desarrolladas fuera del mercado es muy grande. Pero la dinámica del capitalismo hace que tales actividades vayan siendo sustituidas por las desarrolladas en el mercado (por ejemplo, la atención a los ancianos). En consecuencia, la pérdida de bienestar generada por la desaparición de tales actividades no queda bien reflejada en la evolución del PIB. Igualmente, el deterioro habido en la última década en servicios como la salud o la educación, tan importantes para el bienestar de las personas, tampoco queda bien reflejado en la relativamente buena evolución mostrada por el PIB desde 2014 hasta 2020.

La segunda gran carencia tenía lugar porque la medición se limitaba a ver qué es lo que pasaba en los grandes agregados o medias del país. Por ejemplo, en el PIB per cápita. Pero no se tomaban en cuenta las desigualdades existentes en su distribución: entre los que tienen más y menos (desigualdad vertical), entre los diferentes grupos sociales (por sexo, edad, nacionalidad, nivel educativo…) y geográficamente (mundo urbano y rural…). Las estadísticas han descuidado mucho ofrecer datos sobre la desigualdad, que ha crecido de modo dramático en los últimos años, afectando especialmente a determinados colectivos (jóvenes…). Eso explica, el mayor desencanto de esos colectivos con el sistema.

La tercera gran carencia consistía en que se tomaba en cuenta cuánta renta o bienestar presente se estaba generando, pero no qué condiciones se creaban para el bienestar futuro. En más de una ocasión el bienestar presente se alcanza a costa de degradar el capital humano, social o natural necesario para el bienestar futuro. Por ejemplo, el PIB crecía más a corto, a costa de la emisión de gases de efecto invernadero, que lastrarán el bienestar y el propio PIB futuro.

En cuarto lugar, las estadísticas trataban de medir lo que sucedía dentro de las fronteras del territorio y, por lo tanto, el bienestar de sus ciudadanos, sin considerar el efecto de la actividad económica y de las políticas públicas de ese territorio en el bienestar y estado del resto del planeta. La presión migratoria que vive Europa es en gran parte una consecuencia de cómo se ha construido ese bienestar en los países avanzados, en parte a costa del resto del mundo.

 Por último, además de pasar a considerar más aspectos a la hora de medir el bienestar, también hay que cambiar el modo de medir las dimensiones del bienestar. Ciertamente, son necesarios indicadores cuantitativos de naturaleza objetiva. Pero junto a ellos, son necesarios indicadores cualitativos de naturaleza subjetiva, que reflejen la percepción de las personas sobre ese bienestar. Para cubrir esas carencias se han empezado a desarrollar encuestas sobre las condiciones de vida y bienestar que preguntan a la gente su grado de satisfacción con la vida y nivel de felicidad. Los indicadores subjetivos presentan mucha relatividad y sensibilidad al contexto. Pero también permiten recoger los efectos de muchas de las realidades que todavía los indicadores cuantitativos no son capaces de medir.

En definitiva, hay que avanzar hacia un marco de medición de la competencia y el bienestar que vaya, además de más allá del PIB, más allá de las medias (considerando las desigualdades), más allá del presente (considerando la herencia a las futuras generaciones) y más allá del aquí (tomando en cuenta los efectos en el resto del planeta), y tome en cuenta conjuntamente datos objetivos cuantitativos y la percepción de las personas.

Desde su nacimiento en 2006 Orkestra ha seguido de cerca los desarrollos que iban dándose en este campo, para incorporarlos a su marco de análisis de la competitividad regional. Merecen ser destacados, a este respecto, el Manifiesto 10º aniversario (en el que hacía referencia a las grandes tendencias a las que la competitividad debería responder), el cuaderno de Orkestra Desafíos a la competitividad desde el bienestar y la cohesión social de José Luis Larrea y el Proyecto Iniciativa Iñigo de Loyola (en colaboración con la red Ausjal, de universidades jesuíticas de Latinoamérica, para desarrollar una investigación transformadora sobre la competitividad al servicio del bienestar inclusivo y sostenible). Con motivo de la elaboración de su Plan Estratégico 2021-2024, los esfuerzos en este ámbito se han reforzado, como muestran los posts publicados por MJ. ArangurenNM. Muñiz en este mismo blog, o el documento Competitividad al servicio del bienestar inclusivo y sostenible, de próxima publicación como cuaderno de Orkestra. El objetivo del Instituto es hacer público y operativo el próximo año, un nuevo marco de análisis de competitividad regional y local, que cubra las grandes carencias que, como se ha indicado en este post, han presentado los análisis de competitividad hasta el presente.


mikel navarro

Mikel Navarro

Es catedrático de Economía de la Deusto Business School, de la Universidad de Deusto, e investigador senior de Orkestra-Instituto Vasco de Competitividad.

Etiquetas: Lab de bienestar