Recientemente he leído que la Agencia Europea de Derechos Fundamentales ha señalado en su último informe publicado la semana del 22 de octubre que cerca de 25 millones de niños europeos viven en hogares que sufren condiciones de vida inaceptables. La reciente caída brusca de temperatura ha traído a mi mente un problema asociado, de creciente concienciación social, sobre el que el año pasado escribí un artículo: la pobreza energética, la UE y el Reino Unido.

¿Por qué me fui tan lejos? Pues bien, porque Reino Unido, y en particular Inglaterra son ejemplos de la lucha a largo plazo contra esta dificultad que sufren muchos hogares, y son pioneros en el desarrollo de una definición de la misma y de su medición.

En un principio se desarrolló un indicador sencillo según el cual un hogar sufre pobreza energética si requiere gastar más del 10% de sus ingresos en combustible para calentar el hogar, lo que sería 21°C en el área habitada principal y 18°C en el resto de habitaciones. También se reconoce otro indicador del 20%, que consiste en aquellos hogares que gastan más del 20% de sus ingresos en energía y se encuentran en pobreza energética extrema. ¿Sencillo verdad?

En 2012, el profesor Hills recomendó un nuevo método de cálculo, mediante el «Low Income High Costs», que se emplea en Inglaterra desde 2011. Según este planteamiento, un hogar se considera en situación de pobreza energética en Inglaterra si sus ingresos se encuentran por debajo de la línea de pobreza (tomando en consideración costes de energía) y sus costes en energía son superiores a lo que es habitual para ese tipo de hogar. Más complejo, pero igualmente claro.

En este país, se han dado cuenta que se trata de un problema difícil de abordar y que necesita de un estudio de casos, puerta a puerta, para entender su complejidad y poder resolverlo de la mejor manera posible. En todo caso, la eficiencia energética se ha convertido en uno de los principales pilares de los planes de lucha contra la pobreza energética y destacan los estudios pormenorizados que se realizan de manera anual sobre el parque de viviendas y la problemática de estos.

En un estudio en el que nos encontramos trabajando, en la actualidad sobre la fiscalidad energética en Francia, hemos detectado, que nuestros vecinos, en su proceso de transición energética hacia una economía baja en carbono establecieron un impuesto sobre las emisiones de gases de efecto invernadero, como componente en el impuesto de hidrocarburos, donde parte de la recaudación va dirigida a la financiación del cheque de energía para los consumidores más vulnerables. A priori todo parece muy razonable, pero en el estado actual del trabajo se ha observado que las cosas en el ámbito doméstico no son ni blancas ni negras. Tienden a ser grises, claras u oscuras, y de muchos otros colores.

Ahora, que se acerca el invierno me viene a la mente la famosa canción de Édith Piaf “Milord” donde la cantante realiza una invitación porque en el exterior hace mucho frío (“il fait si froid dehors, ici c´est confortable”), reflexiono sobre el hecho de que los derivados del petróleo y el carbón son empleados en calefacción en viviendas antiguas, mal aisladas y a menudo donde residen personas con reducidos niveles de ingresos.

Además, los derivados del petróleo son imprescindibles, en el estado actual de la transición, para que muchas personas residentes en lugares apartados, donde la vivienda resulta más económica, puedan acceder a su puesto de trabajo, con lo un vehículo propio podría no ser considerado un lujo sino una necesidad ante la falta de una alternativa de transporte público. Por su parte, transportistas y taxistas pueden acceder a reducciones en el pago de los impuestos, así como grandes empresas consumidoras de energía. Ante esto se plantea una pregunta obvia ¿Quién financia la transición? ¿A coste de qué?

El famoso cheque de energía francés puede resultar ahora, en cierta medida, un mecanismo que se me antoja de reducido peso en numerosos casos, por lo que debería de avanzarse hacia una lucha más activa como la de Reino Unido, donde más allá de una ayuda para pagar la luz o la calefacción se resuelvan los problemas de aislamiento en las viviendas, por ejemplo. No obstante en ambos países queda un largo camino por recorrer.

Mi preocupación crece cuando el pasado viernes 9 de octubre me encontré con un artículo de prensa en el que se señalaba que “España se moviliza para combatir la pobreza energética”. Así, nuestro Gobierno ha decidido poner en marcha medidas regulatorias encaminadas a terminar con este problema (bienvenidas por supuesto) que guardan cierta similitud con las francesas y no como las británicas, que considero más avanzadas.

En todo caso, seguiremos trabajando en este tema para ver si las primeras conclusiones extraídas del caso francés son las que acabo de mencionar o no, en cuyo caso, volvería con el tema para disculparme por mi falta de optimismo. ¡Quizás sea el menor número de horas de luz!

De mientras solo me queda escribir “sobre las paredes” como nos dice el grupo francés infantil Kids United (este blog en este caso) mis mensajes de deseo para un futuro donde la pobreza energética no exista y donde la protección del medio ambiente sea ya una realidad que no deba competir con el bienestar de los ciudadanos.


 

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