Imaginemos que vivimos en EE.UU. en los años 80. Hemos pasado ya dos crisis del petróleo que evidencian nuestra dependencia exterior. Plena Guerra Fría en la que Reagan nos viene con que a los soviéticos hay que combatirlos en el espacio. Y The Clash sonando de fondo desde el otro lado del Atlántico (“should I stay or should I go…”).

“Hay que buscar una solución” dirían en la Casa Blanca a los responsables científicos del país. Y entonces, en algún laboratorio perdido de Indiana, alguien con bata blanca dibuja una red inteligente (smart grid para él) y contempla su ocurrencia. “Strange” murmura mientras comprende las consecuencias de lo que acaba de plantear.

En fin, siento decir que elconcepto de red inteligente, tan comentado hoy en día, tuvo probablemente un nacimiento menos emocionante. Sin embargo, sí es seguro que necesidades como tener alternativas al petróleo, asegurar el suministro energético, integrar nuevas tecnologías y, más hoy que ayer, luchar contra el cambio climático, empujaron a técnicos y políticos a sentar las bases de las redes inteligentes.

"Es seguro que necesidades como tener alternativas al petróleo, asegurar el suministro energético, integrar nuevas tecnologías y, más hoy que ayer, luchar contra el cambio climático, empujaron a técnicos y políticos a sentar las bases de las redes inteligentes

No fue Reagan en los 80, sino Bush en 2007, quien firmó la ley EISA que, entre otras cosas, definió por primera vez el término smart grid en la legislación y convirtió su normalización en prioridad nacional. A raíz de ello, un año después el U.S. Department of Energy (DOE) se lanzaba a crear proyectos para desarrollarlo, disparando un proceso que contagiaría a Europa y al resto del mundo.

Desde entonces las redes inteligentes se han revelado como las potenciales columnas vertebrales de un sistema eléctrico cada vez más descentralizado, permitiendo la incorporación de energías renovables e implicando desde la generación hasta el consumo, incluyendo la movilidad. Su desarrollo permitiría cubrir aspectos de la energía tan variados como los de uno de los grandes retos de esta década: el Paquete de Invierno de la UE. Es más, conllevaría un contexto con nuevos agentes, servicios y roles cambiantes, especialmente para las compañías de distribución.

Este horizonte ejemplifica por qué el DOE es una de las organizaciones más relevantes en el panorama energético. Por este motivo me resulta paradójico (y divertido) que sea precisamente al DOE al que una de las series de mayor éxito en los últimos años haya puesto en el mapa de la cultura pop.

Hablo de Stranger Things (The Duffer Brothers, 2016). Sin siquiera molestarse en cambiarle el nombre, la serie de temática ochentera presenta al departamento estadounidense como una organización que experimenta con la luz y utiliza a la compañía eléctrica del ficticio condado de Hawkins para sus fechorías. Los protagonistas intuyen que algo extraño repta en los circuitos eléctricos, especialmente Joyce (interpretada por Winona Ryder), una abrumada madre en busca de su hijo desaparecido.

No sé, llamadme loco, pero echándole imaginación, entre Stranger Things y las redes inteligentes hay ciertas similitudes (ojo, puede haber spoilers). Por ejemplo, uno de los objetivos de las smart grids es la introducción de recursos energéticos distribuidos (DERs, como paneles solares o el vehículo eléctrico), pero siempre sin comprometer la calidad de suministro. Es decir, que la actividad de nuevos activos no desequilibre la red, evitando apagones o sobrecargas, como empieza a ocurrir en Hawkins cuando al DOE se le van sus asuntos de las manos. También evitar parpadeos de las bombillas (flickers), justo lo que Joyce empieza a observar.

"La red inteligente es una necesidad para mejorar el sistema eléctrico y cumplir con los objetivos medioambientales" 

Ricemos un poco más el rizo. De repente, a unos chavales normales, que no pintan nada para nadie, el lío del DOE les obliga a meterse en una aventura en la que tienen que participar proactivamente. Y no sólo eso, personajes que en ninguna circunstancia se juntarían, ahora tienen que formar equipo frente a una amenaza común. La red inteligente permite precisamente eso: que un consumidor, que antes era pasivo, pueda participar en el sistema como prosumidor (productor + consumidor). Y nuevos conceptos, como la agregación de la demanda o las comunidades energéticas, permiten mejorar el consumo y aportar flexibilidad, lo que a la vez se presenta como un instrumento contra el cambio climático.

Y entre ellos, una misteriosa niña que, entrenada por el DOE, es capaz de ver y sentir más allá de lo que la distancia permite. Esta capacidad es sinónima a Stranger Things, igual que las telecomunicaciones y las tecnologías digitales lo son a las smart grids.

Ya encontrando el tercer pie al gato, en la segunda temporada un virus que infecta a un huésped se aprovecha de una red mallada (subterránea en este caso) para boicotear al pacífico y vulnerable pueblo. Y es que esa creciente digitalización de la red eléctrica puede también ser un foco de peligro en materia de ciberseguridad, como ya ha ocurrido en Ucrania u otros lugares.

Todo esto en un mundo “del revés”, claro, como el que existe en la serie. Porque aquí los del DOE son los malos y sus experimentos asustan. Pero no: la red inteligente no es una conspiración, sino una necesidad para mejorar el sistema eléctrico y cumplir con los objetivos medioambientales. Y la amenaza no está en esa dimensión “del revés”, sino en el propio clima y también, no lo olvidemos, en correr el riesgo de dejar atrás a personas vulnerables durante la transición energética.

Aunque aún queda mucho por hacer. El desarrollo de las redes inteligentes requiere tiempo, investigación, desarrollo tecnológico y grandes inversiones, junto con regulación y esquemas de retribución favorables.

Pero no seamos pesimistas. La tercera temporada de Stranger Things está a la vuelta de la esquina (estreno 4 de julio, muy americano todo), con la que tal vez podemos intuir un poco más cuál es el potencial de las redes eléctricas. Mientras tanto, podemos entonarnos con The Clash para, igual que hace el desaparecido hijo de Joyce, no olvidar hacia dónde tenemos que avanzar.

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Etiquetas: Lab de energía