Siempre me gustó vivir en Montevideo. Montevideo es una ciudad relativamente pequeña comparada con las grandes metrópolis del mundo. Tiene apenas 1,5 millones de habitantes y es la capital de un país igual de pequeño: Uruguay. He tenido la suerte de conocer muchas otras ciudades del mundo, algunas de tamaño similar o, inclusive, más pequeñas. En algunas he sentido, por momentos, que también me sentiría cómoda viviendo, y, aún así, siempre termino eligiendo volver a “mi” ciudad.

¿Por qué? ¿Qué es lo que hace que una ciudad sea atractiva? Sin duda, las raíces, la herencia, la identidad compartida tienen un peso importante en la elección. En mi caso, por ejemplo, compartir con mis coterráneos el éxito en las primeras fases del mundial de fútbol y luego el espíritu de “levantar la cabeza” que ya vendrán nuevas oportunidades, cuando quedamos eliminados en cuartos de final, es algo que valoro inmensamente.

El “ser atractivo” no es el único elemento que juega, sino el ser competitivo. Ambos conceptos están íntimamente interrelacionados.

Pero, lógicamente, no solamente a base de identidad compartida una ciudad puede conquistar ciudadanos, o aún menos, crecer y desarrollarse económicamente. Se necesitan muchos otros factores que retengan a su gente y que, inclusive, invite a nuevos habitantes a compartir la vida diaria.

Es allí donde el “ser atractivo” no es el único elemento que juega, sino el ser competitivo. Sin lugar a dudas, ambos conceptos están íntimamente interrelacionados. Pero la competitividad va un paso más allá. Por más cariño subjetivo, identidad compartida, raíces comunes que uno tenga con una ciudad, si ésta no puede ofrecerle ciertos elementos básicos para alcanzar los objetivos de vida a las personas o los beneficios a las empresas, de forma sostenible, no logrará apuntalar su desarrollo. Ser atractivo puede ser algo pasajero, mientras que la competitividad es un proceso que se desarrolla en el tiempo y con mirada de largo plazo.

La competitividad es un proceso que se desarrolla en el tiempo y con mirada de largo plazo.

Una ciudad competitiva puede decirse, entonces, que es aquella capaz de mantenerse atractiva en el tiempo, y eso lo logra generando bienestar sostenible para sus residentes. ¿Pero qué es exactamente bienestar? ¿Es para todas las ciudades igual? Existen elementos que son comunes a todas las sociedades y que forman las bases del bienestar: una democracia estable, acceso a recursos básicos como el agua potable, seguridad, calidad educativa, etc. Sin embargo, cada sociedad tiene una concepción de lo que para ella es también bienestar.

Algunas sociedades pondrán más el énfasis en, por ejemplo, el desarrollo cultural, o el impacto ambiental, o el ratio horas trabajadas/ocio, mientras que otras no tanto. Imagino, inclusive, que algún lector aún puede estarse preguntando por qué para mí fue tan importante compartir el mundial de fútbol con “mi gente”; eso, tan difícil de explicar y que nace de nuestra identidad, es parte del bienestar. Ninguna ciudad en Uruguay podría considerar que aporta al bienestar de sus ciudadanos si no se apresta y acondiciona para recibir las noticias y seguir los acontecimientos del mundial de fútbol, considerándolo como una ocasión especial.

El bienestar depende de factores medianamente permanentes como la identidad, factores contextuales y coyunturales.

El bienestar depende, entonces, de factores medianamente permanentes como la identidad, de factores contextuales y de factores coyunturales. Cada ciudad debe entender qué significa bienestar para sus residentes, teniendo en cuenta cada uno de esos factores. Eso es lo que fijará sus objetivos. Luego, para lograrlos, deberá entender cuál es su punto de partida, cuáles son sus recursos, cuáles sus fortalezas y debilidades. Y aquí, de la misma manera que la identidad de la sociedad moldea el concepto de bienestar y, por ende, los objetivos de resultado, la identidad es también un recurso de base que puede y debe ser utilizado para desarrollar la competitividad.

Cada ciudad tiene sus elementos distintivos que pueden ser el puntapié para el proceso competitivo, y cada ciudad elegirá cuáles son los resultados y objetivos que desea para su población. ¿Qué tipo de ciudad quiero ser y para qué tipo de residentes? Aquella ciudad que, a partir de recursos y capacidades identificados como fuentes de ventajas competitivas, logre alcanzar los objetivos de bienestar previamente establecidos, podrá considerarse competitiva.

En ello, la identidad está en el centro. No solo moldeando el objetivo sino siendo elemento central del proceso. El proceso competitivo es una apuesta de largo plazo, un trabajo en conjunto, que no puede hacerse si no es compartido por el colectivo de la sociedad. Una sociedad cohesionada y trabajando por un objetivo común nacido, afirmado y perseguido por su identidad, es uno de los elementos claves de la construcción competitiva.

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micaela camacho 1Micaela Camacho
Directora de maestrías y postgrados de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad Católica del Uruguay

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