En el excelente Armas, gérmenes y acero, Jared Diamond se preguntaba por qué el pequeño grupo de Pizarro viajó hasta lo que denominaban Nuevo Mundo y capturó al emperador inca Atahualpa en vez de que las numerosas fuerzas de este último capturaran a los miembros de la expedición española. Ampliando la pregunta, ¿por qué no ocurrió que un grupo de incas atravesaran el Atlántico y apresaran al emperador Carlos V (Carlos I de España)?

Se citan ventajas más o menos conocidas, pero a la postre la mayoría quedan reducidas a una: uno procedía de un continente aislado del entre sí por selvas y desiertos, América, mientras que el otro residía en un continente fuertemente interconectado, Europa. Y no solo entre las naciones europeas (pese a su inherente diversidad) y del Mediterráneo, sino también por la débil pero profunda conexión con oriente, destacando la ruta de la seda. Así, Pizarro pudo contar con el trigo del Creciente Fértil, la pólvora china y el acero europeo, Atahualpa tuvo que “conformarse” con poco más que el maíz de los ya dispersos mayas y las armaduras algodón y armas de madera y piedra de pueblos de su zona.

Podemos pensar que la importancia de la localización geográfica, y lo que de manera más amplia se denomina geopolítica, ha perdido relevancia con el tiempo. Al fin y al cabo, todos estamos al corriente de los nuevos modelos de móviles que se presentan en EE.UU., habiendo retransmisión de las presentaciones de los nuevos productos por Internet. Y, cuando no hay lanzamientos mundiales, apenas pasan unas semanas (meses a lo sumo). Pero no ocurre así en el caso de la energía y esto lo pagamos, literalmente, en el precio de la factura de la luz. Al menos en lo que a las tres patas del precio de la energía eléctrica se refiere.

La primera pata es el coste de las fuentes de energía. Todas las principales fuentes de energía primaria que empleamos en generación (carbón, derivados del petróleo, gas natural, hidráulica y biomasa) están íntimamente ligadas a los territorios. Si no disponemos de ellas (caso de los combustibles fósiles en España), debemos importarlas, con el incremento de coste que supone además la lejanía con respecto al punto de origen. Ello explica, por ejemplo, que el transporte mayoritario del gas natural del norte de África (principalmente Argelia) se realice a través de Italia en lugar de por España y que, por tanto, Francia haya tenido poco interés en impulsar la conexión gasista a través de los Pirineos (aunque puede discutirse su rentabilidad económica). España queda así dependiente de Argelia y de las centrales regasificadoras, que, si bien garantizan nuestra seguridad y diversidad de suministro, conllevan en general mayores precios de abastecimiento que lastran nuestra competitividad. Unos precios que además están ligados al precio del petróleo, en alza hasta junio.

La segunda pata la constituye el mercado disponible. La electricidad presenta problemas para su transporte a muy largas distancias. Podemos importar y exportar una limitada energía de nuestros principales vecinos, Francia, Portugal y Marruecos, pero difícilmente podemos beneficiarnos de los grandes parques eólicos marinos del Mar del Norte o aprovechar los enormes recursos hidráulicos de Noruega. Y también encontramos trabas para exportar nuestros excedentes eólicos. Es el problema de ser una “isla energética”, lo que los ibéricos compartimos con Reino Unido e Italia, que junto con nosotros cargan con precios más elevados de la energía eléctrica. Aunque siempre hay algo de efecto que van hasta los pequeños detalles, cual ruta de la seda, y así lo pudieron notar los usuarios de relojes eléctricos en el retraso de hora que tuvieron a comienzos de este año.

La tercera pata de la silla la conforman los derechos de emisión de CO2, hijo europeo de la política de la energía-clima. Acostumbrados a precios de emisiones por debajo de lo esperado, la entrada en funcionamiento de la Reserva de Estabilidad del Mercado (Market Stability Reserve) en 2017, junto con la especulación, ha provocado una compra anticipada de derechos en previsión y, en consecuencia, la subida del precio de los derechos de emisión. Algunas empresas, como la alemana RWE (la mayor empresa emisora del continente), se han cubierto ya hasta 2022, pero otras están experimentando un importante impacto. Al final, el precio de los derechos de emisión se acaba trasladando a los consumidores. Y no es de prever que los precios de los derechos de emisión vayan a caer a futuro. Todo lo contrario, se esperan precios de 25-30 € por tonelada de CO2 en 2020-21 y hay estudios que indican que sería necesario que aumentaran hasta 55 €/t CO2 para que Europa cumpliera con el Acuerdo de París a 2030. Eso, o pensar en mecanismo alternativo que evite que estos costes recaigan en el consumidor final.

De esta forma, parece que poco van a poder hacer los recursos energéticos de nuestra geopolítica tradicional para aliviar nuestra factura eléctrica, en especial comparados con nuestros vecinos europeos. Toca plantearse nuevos enfoques que saquen provecho de nuestros recursos naturales. También cambios en el reparto de impuestos que tengan en cuenta el mayor esfuerzo realizado por el sector eléctrico en integración de renovables y su inherente eficiencia energética y medioambiental (por ejemplo, en el transporte), factores ambos necesarios para la competitividad de nuestra economía. Es la manera en la que invertir la tendencia y ser otra vez los que lideremos el viaje por el Atlántico de la transición energética hacia el Nuevo Mundo.

 


Roberto Alvaro

Roberto Álvaro

Roberto Álvaro is an Industrial Engineer and holds a Master’s degree in Electrical Engineering from the Universidad Politécnica de Madrid (UPM), where he is currently completing his doctorate in Electrical Engineering on management strategies for electric vehicle charging.

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