Al final resultó que el cisne negro era un virus amarillo. Y una crisis vírica aparentemente lejana se ha convertido en una inesperada crisis global de alcance estratosférico. No era imposible que sucediera, aunque su alcance ha superado casi todas las expectativas.

En la etapa inicial, casi todas las actividades tuvieron que adaptarse rápidamente a unas nuevas circunstancias completamente distintas. El cierre de la educación presencial dio paso al cierre de la actividad comercial, el confinamiento de la población en sus hogares, la limitación del transporte y cierre de fronteras para, posteriormente, limitar ciertas actividades económicas. Parece el siglo pasado, pero hablamos de hace 3 semanas.

En esta primera etapa tras la emergencia, algunas evidencias:

  • Prioridad sanitaria. Tras el shock inicial, la prioridad en proteger la salud de las personas requiere de un complicado equilibrio con la actividad económica que finalmente conduzca a una nueva normalidad cuyo horizonte aún no está del todo claro. Muchas preguntas, pero además surgen preguntas nuevas, especialmente en el cuándo y en el cómo.
  • Interdependencia, a dos niveles. En primer lugar, la palpable y creciente interdependencia de los distintos subsistemas (economía, sociedad, política, tecnología, biología-naturaleza). Segundo, entre las actividades económicas, con ejemplos claros entre el comercio minorista, el transporte, y el sector primario; o la atención sanitaria, la producción de dispositivos médicos, o los servicios de limpieza.
  • La cooperación y la colaboración como principios para atender y anticiparse a los retos colectivos. Tanto la colaboración interinstitucional, la colaboración público-privada, como la privada-privada.
  • Lo público. La apelación a lo público, tanto para generar espacios de solución y especialmente certidumbre. La robustez del sistema político, el equilibrio y la cooperación institucional e incluso mecanismos democráticos se ven afectados por una crisis apenas comparable con las más recientes.
  • Lo obvio, lo fundamental, lo común recupera una cierta centralidad. El bien de toda la sociedad, de cada uno de los agentes, y el equilibrio dinámico de los sistemas sociales vuelven –si alguna vez se fueron- a las agendas del corto y largo plazo.
  • Lo digital ha jugado un papel central. Las capacidades tecnológicas han permitido mantener muchas actividades económicas, vínculos e interacciones sociales durante la primera fase, la de resistencia. El ejemplo más evidente ha sido el teletrabajo, pero hay muchos otros.

En relación a lo digital, hace apenas dos meses hablábamos de la transición digital en curso, de la necesidad de una audacia inteligente para poder abordarla desde una visión y estrategia compartidas, y articulándola necesariamente a través de la cooperación y la colaboración.

Se ha puesto en marcha una “transformación digital exprés” en algunas empresas, principalmente en actividades que contaban con algún nivel de madurez digital previo o que contaban con capacidades innovadoras o de resiliencia. Otras, en cambio, no disponían de una visión previa sobre el potencial de la tecnología más allá de los medios de pago o incluso la venta online. Observando con atención, algunas de las empresas que han crecido en actividad durante la actual fase de resistencia son aquellas que tenían un modelo de negocio digital y una cultura digital interiorizados. Los casos de Amazon o Netflix son absolutamente reveladores frente a la distribución tradicional o las salas de cine, por ejemplo, pero más cerca de nosotros, existen numerosas experiencias de muchas pymes que han operado cambios para poder adaptarse a la situación.

Los niveles diferentes de capacidad de respuesta señalan que las capacidades digitales de las empresas, las instituciones y las personas le pone a cada una en una posición de salida más avanzada o desventajada para poder sobrevivir y recuperarse o incluso crecer. Las estrategias empresariales y las políticas públicas digitales, si ya tenían importancia, ésta será mayor en adelante.

Sin embargo, la actual crisis desde los primeros días puso en evidencia las desiguales condiciones en las que se encuentran los llamados “rezagados digitales” (DESI 2017), sea esta desigualdad en relación a la conectividad, las herramientas o las habilidades digitales para poder desenvolverse de manera natural, o los recursos económicos para abordar todas ellas. Y es que estas habilidades digitales conforman el “digital thinking” a través del cual alguien, una organización, es capaz de interpretar la potencia de uso de lo que la tecnología ofrece.

En estos momentos cabe preguntarse si esta “transformación digital exprés” se va a consolidar en las estrategias de las empresas o si se trata de un mero by-pass hasta volver a lo de antes. Si los expertos coinciden al señalar que pocas cosas serán como antes, es razonable pensar que más actividades irán avanzando en esta materia, comenzando por los sectores estratégicos, pero terminará afectando a casi todos. Por tanto, es momento de consolidar y reforzar la apuesta por la transición digital desde la transformación de las organizaciones.

Ante muchos problemas, como la COVID-19  y sus derivados, la respuesta basada en la tecnología casi siempre es capaz de avanzar para encontrar una solución, pero en ocasiones esta respuesta pone en cuestión los límites legales, e incluso los éticos, e incluso plantea dilemas -privacidad vs salud- que en realidad no lo son tanto, sino que nos obligan a superarlos de manera constructiva.

En el tránsito hacia una Euskadi digital, además de emplear metodologías ágiles para abordar la transformación digital, resulta central que las empresas han de transformarse digitalmente para poder ser flexibles y ágiles. De este modo es posible responder a cambios en mercados y clientes, y en cierta medida no ser rígidos ante cisnes negros, o no tan negros.

Por su parte, lo público, a través de los gobiernos y las administraciones, deberán acometer procesos de transformación digital de manera más intensa, que les permita poder responder a nuevas necesidades, monitorizar la etapa de resistencia y especialmente en el proceso de reconstrucción y reorientación de sus prioridades y estrategias, en un contexto de reajuste presupuestario, además de generar capacidades para eventuales futuras crisis.

La digitalización ha venido para quedarse. Nos ha mostrado que es capaz de mantener algunas actividades humanas, pero también que tiene limitaciones y que todo no es posible solo mediante la tecnología, en una zona intermedia entre los tecnoptimistas y los ciberpesimistas. La pregunta más razonable parece ser: ¿cómo la abordamos? ¿Volvemos a lo de antes o nos apalancamos en esta transformación, iniciada por la evolución tecnológica y convertida en exprés por la COVID-19, para salir todos siendo más competitivos?

 


Agustín Zubillaga

Agustín Zubillaga

Agustín Zubillaga es doctor en Ingeniería Informática y de Telecomunicaciones por la Universidad de Deusto. Comenzó su carrera en el sector de las Telecomunicaciones y el Software, y cuenta también con experiencia como docente en áreas de ingeniería del software en varias Universidades (Universidad del País Vasco, Universidad de Cantabria y Universidad de Deusto).

Ver perfil completo