Las navidades ya están aquí, y toca como siempre que nos cuelen las películas típicas de estas fechas. Aunque hay una de la que, sinceramente, nunca me canso de encontrarme en pleno zapping con bandeja de turrón en mano: Love Actually (Richard Curtis, 2003).

Es posible que esta sea la comedia romántica que mejor llega al público en general, sea uno fan o no de la temática amorosa. Su grandeza seguramente radica en que da un repaso completo “a la British” de una buena variedad de situaciones de amor (y desamor) con este toque invernal que siempre es un valor seguro. Ah, y Hugh Grant con uno de los mejores bailes que pueda marcarse un jefe de gobierno.

Y es que de “bailes” de gobiernos va la cosa (como casi siempre). Este es un diciembre que nos ha traído una nueva cumbre climática en Polonia, un Brexit que se precipita con una bipolaridad como la de Mark (Andrew Lincoln) hacia Juliet (Keyra Knightley) en una de las más míticas declaraciones de amor del cine, y al final la Nochevieja nos va a dejar frente a un escenario en el que los que estemos en la UE, seamos los que seamos, tendremos unas inciertas elecciones europeas a la vista.

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Lo cierto es que cuando enviamos a nuestros eurodiputados a Estrasburgo, estos normalmente se encuentran grupos parlamentarios a los que aquí no estamos tan acostumbrados, producto de los sistemas políticos de nuestros países vecinos. Y entre ellos están unos que cada vez llaman más a la puerta: los verdes.

Este tipo de formación sonó mucho el pasado octubre cuando lograron importantes resultados en las elecciones de los estados alemanes de Baviera y Hesse, convirtiéndose en un partido influyente en la formación de mayorías. Ésta es en realidad una circunstancia que llevan conociendo desde hace más tiempo Alemania o países como los nórdicos, pero es cada vez más común en otros lugares.

¿Pero por qué merece la pena atender a este grupo, y no tanto a otros, desde el punto de vista energético? Si miramos con ojo analítico la transición energética en Alemania, también conocida como Energiewende, vemos cómo el papel de los verdes en momentos con menor popularidad que ahora influyó en el impulso de un proceso que hoy se estudia con gran interés, tanto desde el punto de vista político e industrial como por sus implicaciones en el ámbito eléctrico.

No se trata aquí de dar publicidad a un movimiento que ya de por sí parece experimentar cierto crecimiento, sino de entender que si antes ya jugaron un rol discreto pero influyente, ahora la realidad es que estamos en un contexto en el que las cuestiones climáticas tienen más trascendencia que nunca y en el que cada vez más países se lanzan a la carrera de diseñar sus propias transiciones energéticas. Por tanto, es lógico esperar que estos puedan jugar un papel cada vez más importante ahora que parecen llevar cierto viento a su favor.

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¿Pero qué experiencia tienen los verdes encajando en gobiernos? Como ocurre en Love Actually, cuando se prueba en el amor hay muchos desenlaces posibles, y las relaciones entre los gobiernos tradicionales y los verdes o afines no son ajenas a esta diversidad.

Si no que se lo digan al presidente de Francia, Emmanuel Macron. Solo este año uno de sus ministros estrella, el ecologista Nicolas Hulot, decidió abandonarlo por la relación del presidente con lobbies como el de la caza, lo que era la gota que colmaba el vaso de, según él, una falta de compromiso medioambiental por parte del Elíseo. Desengañado, Hulot es a los verdes lo que Jamie (Colin Firth) es al filme; pero tranquilos, el guion nos dice que hay esperanza para él. Sea como sea, la transición energética francesa sigue adelante con sus particularidades.

Aunque probablemente el político verde que más protagonismo ha tenido sea Alexander Van der Bellen, el actual presidente de Austria. Este exprofesor, aunque protagonizó una de las citas electorales recientes más polémicas, logró ser jefe de Estado por un partido ecologista y su victoria en 2016 ejemplificó las posibilidades de nuevos partidos de tener más protagonismo que nunca. Aunque para ser justos, no ha sido el primer verde en alcanzar la cumbre: en Letonia, Indulis Emsis fue en 2004 el primer político ecologista del mundo en liderar un Gobierno nacional, y en 2015 Raimonds Vējonis lo fue para una jefatura de Estado.

Otros han logrado victorias más discretas, pero que han sido hitos en este crecimiento del ecologismo político. Lo que nos explican los politólogos es que los partidos verdes en sus orígenes a finales del siglo XX estaban más a la izquierda, y que en los últimos 20 años se han ido moderando según crecía su participación en las instituciones.

El profesor de la Universidad Carlos III Pablo Simón lo ilustra en su último libro con el ejemplo de Joschka Fischer: su primer logro fue ocupar una cartera del estado de Hesse, pero quiso jurar su cargo calzando zapatillas deportivas; con el tiempo, llegó a ser ministro de Asuntos Exteriores con el canciller Schröder y hasta vicecanciller, pero esa indumentaria más antiestablishment tuvo que dar paso a traje y corbata. Solo es una anécdota a modo de metáfora de la metamorfosis de los verdes, pero lo cierto es que cada vez es un movimiento con mayor alcance electoral e institucional, y sobre todo, una posible mayor influencia en el devenir energético

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De hecho, la última vez que Angela Merkel ganó las elecciones alemanas, tanteó a liberales por un lado y verdes por otro para la que llamaron coalición Jamaica, en alusión a los colores de estos partidos. El triple romance no cuajó y dio lugar a una pareja más típica, la Gran Coalición (GroKo) que gobierna de nuevo en Alemania. Pero no hubiese sido tan extraño que conservadores y verdes se aliasen, pues ya lo han hecho a nivel regional. Al fin y al cabo, lo importante en una relación es complementarse, ¿no?

Esta experiencia de los verdes, no tan corta pero poco conocida, nos dice que no es necesario que sean partidos que lleven el medioambiente por bandera los que impulsen los cambios necesarios, pero que la sociedad ahora demanda cada vez más un paso adelante, y actualmente han de ser los partidos tradicionales los agentes responsables de la transformación energética. Pero precisamente por ello es necesario pedirles a unos y a otros que en sus relaciones sean menos “pasionales” y más responsables y racionales, si el corazón lo permite.

Así que si por casualidad te cruzas al presidente del Gobierno en una función navideña del colegio del barrio, dile que no se olvide de esto. Vale, no será Hugh Grant, pero siempre merece la pena insistir.

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